Sostiene teruelano...

3.5.06

EL BLOG

No sabía como empezar. Pero se me ocurre que podemos hablar (¿podemos? ¿hay alguien ahí?) hablar digo del deporte. Por qué el deporte se ha convertido en una nueva religión, una idolatría, una exacerbación del nacionalismo además, que tiene cojones la cosa. Yo no reniego del deporte, incluso he practicado unos cuantos con fervor, (y con éxito, todo hay que decirlo) y aun ahora, cuando ya he cumplido los cincuenta y pico, sigo frecuentando alguno. ¿Pero a qué viene esa pasión por el hecho de que un equipo de fútbol se enfrente con otro de lo mismo para ver cual de los dos mete más veces la pelota en la portería del otro? La cosa pude ser divertida si se hace con gracia, elegancia, destreza, oportunidad y buena educación. Pero ¿tanto?. Un gol exige puntería, pero también colaboración del equipo y el error o torpeza del guardameta contrario. Mucho más meritorio me parece a mí el salto mortal de un trapecista solitario, ejercicio emocionante y arriesgado y, sobre todo hazaña individual. Sin embargo, el gol provoca alaridos de entusiasmo, clamor universal, mientras el trapecista apenas merece el aplauso rutinario del público. Una vez disfrutado (más o menos) el partido, ¿qué huella indeleble puede dejar en la mente o el corazón de un adulto razonable? Pues la deja en ambos lugares. En la mente porque, aun los más distraídos, son acosados por miles de comentarios de técnicos prestigiosos y aficionados entusiastas, celebrando la belleza de un gol, el estado físico de determinados jugadores, la conducta de un juez de línea, las consecuencias del resultado del partido en la vida futura de la nación y aún del continente (partido internacional) . En cuanto al corazón, cuántas emociones, estremecimientos, subidas de tensión, trastornos cardiacos y revoluciones fisiológicas puede producir el que una pelota pase o no pase entre unos palos; recuerdo haber leído que un sordomudo recuperó el habla para gritar ¡Visca el Barça! cuando su equipo ganó la Liga; cuánto odio puede despertar un club (y su país de origen, y las madres de los jugadores y directivos) si sus representantes en el césped se permiten injuriar al contrario perpetrando más goles de los tolerables; y cuanto amor florece en el pecho de la afición hacia su equipo que ha humillado al otro, con qué pasión amorosa se vitorea al autor de un gol (con el mismo entusiasmo con que lo abrazan y besan y soban sus compañeros de equipo, entusiasmo exclusivo por cierto de los futbolistas y que sería hermoso que fuera imitado por los sabios cuyos sus trabajos se coronan con el descubrimiento de una vacuna, o los ingenieros que ven alzarse el puente que proyectaron, o los poetas que escriben el último verso de un precioso soneto. Pero los sabios, los ingenieros y los poetas nunca han dado que se sepa una zapateta para mostrar su legítima satisfacción, y mucho menos se han dejado besar –excepto en casos muy concretos-por sus ayudantes y colaboradores. Solamente un famoso cirujano que trasplantó unas vísceras en condiciones dificilísimas consintió en dejarse besar con entusiasmo, ciertamente correspondido, por la enfermera que le ayudó; aunque luego se disculpó, explicando que también él felicitaba a la enfermera besándola por haber sido proclamada “Miss Sanidad” la una verbena de la noche anterior). La emoción que puede arrancar de un auditorio un pianista o un concertista de arpa con sus manos es poca cosa comparada con la emoción que puede suscitar un futbolista con sus pies.El éxito de un cirujano puede salvar la vida de un enfermo. El éxito de un futbolista puede salvar a su club de la desgracia del descenso de categoría y alegrar la vida del personal. Un error del cirujano puede matar a un enfermo; un error del futbolista puede ser mortal también, recuérdense los infartos fulminantes tras el fallo de un penalti.Los periódicos dedican muchas más páginas al deporte que a ninguna otra cosa, incluidas el calentamiento de la atmósfera (de más trascendencia incluso que las declaraciones de un entrenador antes del partido) o el descubrimiento de una vacuna (tan interesante por lo menos como las manifestaciones de Ronaldiño) o deshile de los polos con la consiguiente y amenazadora subida del nivel de los océanos (lo que supera en emoción a la descripción de una jugada rematada en gol). Pues bien, no exageramos al decir que las convulsiones atmosféricas, la eficacia de la vacuna, la subida de los océanos o cualquier otra peripecia universal ocupa en cualquier periódico la centésima parte del espacio que la entrevista a un balbuceante astro futbolístico que apenas sabe explicar a qué se dedica, o la crónica de la última jornada de la liga o los pronósticos para la próxima o el estado de la hierba del estadio.Y con el fútbol se incluye el tenis, el automovilismo, el ciclismo, el pedestrismo el alpinismo y todo de lo mismo.Y lo que digo de los periódicos vale para las emisoras de radio, las cadenas de televisión, las tertulias de los cafés las meditaciones del personal y los pronósticos meteorológicos. Y para usted, un suponer.